Katsushika Hokusai

Katsushika Hokusai nació en 1760 en Edo, la actual Tokio, en el área hoy conocida como "Sumida-ku" (墨田区), o Ciudad de Sumida. Se cree que su lugar de nacimiento se encuentra muy cerca de donde hoy se levanta el Museo Sumida Hokusai (en japonés すみだ北斎美術館), a unos treinta y siete minutos caminando desde donde está ubicada su tumba.
El nombre "Sumida" (墨田) proviene de uno de los ríos más importantes de Tokio, cuyas aguas antaño bañaban los arrozales y dieron vida a los pinceles de grandes artistas y a célebres talleres de impresión. El término "ku" (区) significa distrito administrativo.
El maestro del Ukiyo-e nació en el seno de una familia modesta y ligada al mundo artesanal: su padre adoptivo, Nakajima Ise, trabajaba como artesano para el taller del shogún, especializado en la producción de espejos metálicos decorativos. Aunque Hokusai no fue reconocido oficialmente como hijo legítimo, su educación visual comenzó desde pequeño gracias a la influencia del taller paterno. Su madre, de quien se sabe poco, habría tenido un papel menos visible pero determinante en su crianza, marcada por una independencia precoz. Desde temprana edad, Hokusai demostró una inclinación por la xilografía, entrando como aprendiz en una imprenta y, más tarde, en el taller del maestro Katsukawa Shunshō, donde comenzó su verdadera formación artística.
Durante su larga vida, tuvo varias esposas y al menos cinco hijos, pero su relación más destacada fue con su hija Katsushika Ōi, también conocida como O-Ei, quien, además de ser una artista consumada, fue su más cercana colaboradora en la vejez. Ōi heredó no solo su técnica, sino su espíritu inconforme, destacándose por sus representaciones femeninas y su dominio de la luz, aunque su talento permaneció a la sombra de su padre. Hokusai fue una figura clave del movimiento ukiyo-e, aunque expandió los límites del género integrando elementos del paisaje, la ciencia y la espiritualidad budista, especialmente en su célebre serie "Treinta y seis vistas del monte Fuji".
Su arte influyó profundamente en los impresionistas europeos, particularmente en Claude Monet, Edgar Degas y Vincent van Gogh, quienes admiraban su composición dinámica y su trazo espontáneo. A nivel técnico, introdujo el uso innovador de la perspectiva occidental en el grabado japonés, revolucionando el concepto visual del espacio y a su vez fue su trabajo el que, resonando en la Europa impresionista, provocaría lo que más tarde se llamó japonismo. La manera en que representaba la naturaleza como fuerza viva también resonó con los ideales del romanticismo europeo. A pesar de vivir en condiciones de pobreza gran parte de su vida, Hokusai cambió varias veces de nombre artístico (más de treinta), como si con cada uno de ellos renaciera su visión del mundo.
Más allá de las montañas, olas y dragones que poblaron su obra, Hokusai dejó una enseñanza radical: el arte no es solo lo que se ve, sino lo que se transforma a través del tiempo, la sangre y la voluntad.